Por 100 mil euros: drogaba a su esposa y la sometía a abusos con desconocidos

La amenazaba, la drogaba para que accediera y luego filmaba los encuentros sexuales. Las similitudes con el Caso Pelicot.

Alrededor de 280 hombres en poco más de dos años pasaron por su casa. Llegaban de la mano de su marido: Thomas Runsten, un sueco de 61 años. Él era quien incitaba a la mujer a tener sexo con los desconocidos. La manipulaba psicológicamente, la emborrachaba y la drogaba para que la mujer se acostara con hombres que pagaban al marido para hacerlo. La mujer casi no recordaba los encuentros pese a que eran muy frecuentes. Mientras tanto, Runsten se beneficiaba cobrando los servicios sexuales. Ganó decenas de miles de dólares.

Runsten había instalado en la casa 11 cámaras para grabar los encuentros. No se sabe si con el fin de estimularse él a posteriori, de hacer más dinero comercializándolos por la web o para extorsionar a los clientes que conseguía y llevaba a su casa.

Runsten fue juzgado esta semana en Suecia y condenado a 4 años y cinco meses de prisión.

El hombre, con pasado militar, era parte de los Hells Angels, la banda de motoqueros que se distinguen por sus camparas de cuero negro, sus Harley Davidson y, en el pasado, por su violencia feroz.

La pareja se conoció en 2021. Al poco tiempo vivían juntos. Se mudaron a Lunde, un pequeño pueblo sueco de poco más 7000 habitantes. A fines de 2025, la mujer abandonó el hogar sin más que lo puesto y se presentó ante la policía para denunciar a su marido.

La mujer contó los hechos ante un azorado policía. Dijo que era obligada a prostituirse y que cuando intentó oponerse fue golpeada y amenazada; aseguró que el marido le gritaba que le cortaría los dedos o que le tiraría nafta mientras dormía y la prendería fuego. En ese momento no solo quería dejar el comercio sexual que era obligada a practicar, sino que temía por su vida y la de sus mascotas.

Aunque tiene evidentes puntos de contacto con el Caso Pelicot, que conmocionó a Francia y al mundo, también existen diferencias entre ellos más allá de lo dispuesto en la sentencia.

Gisele Pelicot fue drogada por su marido durante casi una década. Ella no tenía conciencia de que era violada por desconocidos mientras su marido grababa los encuentros. Dominique Pelicot fue condenado a 20 años de prisión. Su esposa recién supo de las violaciones cuando la policía francesa lo detuvo en un supermercado tratando de filmar debajo de las polleras de las clientas. Al allanar la casa encontraron la evidencia de los abusos sufridos por Gisele.

Una de las grandes diferencias de esta causa sueca con el caso Pelicot fue la calificación que dieron los jueces a estos actos. No lo consideraron violación (aunque en uno de los casos presentados dijeron que hubo tentativa de violación). Esto provocó la mayor polémica en el caso Runsten. La ley sueca es restrictiva en cuanto a este tipo de delitos sexuales y deben probarse fehacientemente. Los magistrados dejaron claro que el marido traspasó los límites impuestos por la mujer, los límites habituales de la relación, pero que ello no implicaba que hubiera incurrido en violación porque entendieron que no podían hablar de “falta de voluntad, de consentimiento de la mujer porque no quedó fehacientemente acreditado”.

Lo que dieron por probado fue el sometimiento por parte del marido para que la mujer aceptara prostituirse. La condena fue por proxenetismo, amenazas varias, un intento de violación y lesiones.

Durante el juicio, la defensa intentó probar que había consentimiento, que se trataba de un “juego” dentro de la pareja. Con ese fin aportó mensajes de WhatsApp. Runsten enviaba a la mujer capturas con las conversaciones con los clientes en los que se fijaban la fecha, el horario, el tipo de servicio que se pretendía y el importe que se pagaría.

En otras conversaciones, Runsten le pregunta a la esposa, poco antes de que alguno de los hombres llegara a su casa, si estaba excitada. Con ese aporte, la defensa de Rusten alegó que todo se trataba de un juego interno en la pareja. Que el hombre disfrutaba del cuckold, de ocupar el rol de marido engañado y sometido, que presenciaba los actos sexuales de su esposa con otros hombres.

Runsten en su declaración ante el tribunal fue más lejos. Afirmó que fue la mujer la que insistió en abrir la pareja y en “jugar a la prostitución”. Que en una ocasión luego de tener sexo le preguntó cuál era su fantasía oculta, su fetiche, y ella respondió tener sexo con otros hombres mientras él observaba. Luego agregó que ella quería ser como Julia Roberts en Mujer Bonita, una prostituta de lujo.

El acusado dijo que la ocasión que dio inicio a la práctica fue que él enfermó de cáncer y perdió la capacidad para tener erecciones. Siempre según los dichos del hombre, ella le dijo que si no podía tener relaciones con él, tendría que conseguirle otros hombres: “Te dejo o me acuesto con otros”.

Los jueces rechazaron estos argumentos porque también encontraron en el teléfono del acusado mensajes de unos meses anteriores a que empezara la sumisión de la mujer dónde Runsten le proponía este tipo de juegos y fantasías, y ella no accedía de ninguna manera (“No entiendo tu obsesión por verme con otros”, le escribe ella). Hasta que comenzó a horadar su voluntad con las amenazas, la bebida y las drogas. La sentencia agrega que de fantasía no tuvo nada, ya que había nombres, fechas, citas concretas, sexo real, sometimiento y el pago de una tarifa que cobraba el marido. Todo muy real.

Sin embargo, con el aporte de estos chats Runsten logró evitar la condena por violación aunque se autoincriminó como proxeneta porque toda la operatoria quedó registrada ahí. Lo que los mensajes no dicen (al menos los que aportó él) es que para que la esposa accediera, él la forzaba a través de su preeminencia psicológica dentro de la relación y emborrachándola y drogándola.

Runsten la obligaba a tomar drogas para enfrentar los encargos sexuales. También la hacía tomar alcohol y en muchas ocasiones ejercía violencia física sobre la mujer para que tuviera sexo con desconocidos. Los peritos psiquiátricos probaron que la dependencia también era psicológica y que el hombre mantenía un marcado dominio sobre los actos y las decisiones de ella. Para los jueces, Runsten generó la adicción a las drogas de su esposa. Fue quien la inició, la motivó, le suministró las drogas y aprovechó el efecto que producían en ella.

Respecto al proxenetismo, las pruebas estaban por todos lados. Runsten publicaba avisos en sitios de Internet ofreciendo a la mujer, respondía los mensajes, concertaba las citas, recibía a los clientes, les cobraba y presenciaba los encuentros. No caben dudas de que él dirigía la operatoria. En esos intercambios telefónicos entre la pareja también quedaron varias amenazas de muerte: “Te voy a ahorcar”, “Te voy a prender fuego”, “Yo consigo los clientes, tu trabajo es callar y tener sexo con ellos: si no vas a terminar mal”.

En el allanamiento al hogar encontraron drogas -las mismas que ella decía que le suministraba-, dinero en efectivo, un excel con los pagos hechos por decenas de clientes y miles de filmaciones sexuales que tenían a la mujer como protagonista. En ese operativo descubrieron que Runsten también emitía a través de una plataforma de streaming para adultos los encuentros sexuales de su mujer con los clientes.

Los investigadores calculan que el hombre en ese par de años recaudó casi 100.000 euros como proxeneta.

La sentencia tuvo también su costado económico. Le impuso al acusado el pago de una indemnización por los daños ocasionados a la mujer y otra por una causa diferente: el haber obtenido ganancias derivadas de un ilícito, es decir, de la explotación sexual de su esposa.

Aunque al inicio de la investigación, los involucrados eran 120, sólo el 10% de los hombres que participaron fueron juzgados. Además de Runsten, 28 clientes fueron encontrados culpables de facilitar la prostitución y recibieron condenas leves. Dos deben purgar un mes de prisión, otros se someterán a un régimen de libertad vigilada y el resto deberá abonar una multa no muy significativa económicamente. Varios de ellos, al aparecer su nombre en el expediente, tuvieron severos problemas familiares y laborales. El director de la escuela más grande del pueblo debió renunciar a su puesto.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *