Aunque el país figura entre los principales exportadores, con más de 80 variedades, cada argentino consume apenas 200 gramos de miel por año.
La Argentina produce una de las mieles más valoradas del mundo. Cada año salen del país unas 80.000 toneladas de este alimento, y alrededor del 95% termina en mercados tan exigentes como Estados Unidos, Alemania, Japón o Suiza.
Sin embargo, hay una paradoja difícil de explicar: mientras en Alemania cada persona consume más de un kilo de miel por año, en Argentina ese valor llega a apenas unos 200 gramos.
La contradicción no responde a un problema de calidad. La miel argentina tiene reconocimiento internacional por su pureza, su diversidad y las condiciones naturales en las que se produce. Lo que sucede es que, puertas adentro, este alimento sigue ocupando un lugar muy acotado en el día a día. Para muchos, continúa siendo ese ingrediente que aparece únicamente en invierno, para endulzar un té o aliviar el dolor de garganta.
Sin embargo, detrás de un simple frasco hay mucho más que un endulzante natural. Hay más de 22.000 productores distribuidos en 22 provincias, cuatro millones de colmenas, más de 80 tipos de miel según las flores que hayan visitado las abejas y una actividad silenciosa de la que depende buena parte de los alimentos que llegan todos los días a nuestra mesa.
Muchas personas creen que existe un único tipo de miel. En realidad, ocurre algo muy parecido a lo que sucede con el vino: el origen importa.
Así como un Malbec cambia según el lugar donde crecen las uvas, la miel también refleja el paisaje del que proviene. Las flores que visitan las abejas, el clima, el suelo y la época del año modifican su color, su aroma, su textura y su sabor.
La Argentina produce más de 80 variedades diferentes de miel. Algunas son muy claras y delicadas; otras, oscuras e intensas. Hay mieles con notas florales, herbales o más robustas. Ninguna es mejor que otra: simplemente expresan distintos territorios.
En Chaco, por ejemplo, donde se concentra la mayor cantidad de colmenas orgánicas del país, los humedales y el monte nativo permiten obtener mieles con estilos muy particulares. Durante la primera cosecha predominan especies como el algarrobo, la espina corona y la margarita, que dan origen a mieles claras y suaves. Meses después, la floración del quebracho colorado produce mieles más oscuras, densas e intensas.
“Son perfiles muy diferentes, pero ambos reflejan el lugar de donde provienen. Esa es una de las grandes riquezas de la miel argentina”, resume el productor apícola Daniel Codutti.
Esa enorme diversidad, sin embargo, todavía es poco conocida por los consumidores argentinos, que muchas veces compran miel sin distinguir su origen botánico o geográfico.