Mala noticia para los románticos de manual

La trampa química que la ciencia pide no confundir con amor.

Ese mariposeo en el estómago, el impulso de saber qué hace la otra persona a cada minuto y la certeza absoluta de haber encontrado al alma gemela tienen mucho menos de poesía y bastante más de neuroquímica.

Distintas investigaciones equiparan el enamoramiento con una conducta adictiva, con una duración estimada que ronda los tres años antes de transformarse en otra cosa.

Un trabajo de los investigadores Picazo y Cabrera-Reyes (2025) sostiene que en esa fase inaugural se activan circuitos cerebrales asociados al placer y la recompensa inmediata, los mismos que se ponen en juego en cuadros adictivos.

El resultado es una mezcla de obsesión, motivación y necesidad de cercanía que vuelve al otro casi imposible de soltar. La antropóloga estadounidense Helen Fisher fue de las primeras en demostrar, con resonancia magnética funcional, que en personas enamoradas se enciende con fuerza el sistema dopaminérgico en el área tegmental ventral y el núcleo caudado, dos zonas vinculadas al circuito de la recompensa.

En el arranque, la dopamina pisa el acelerador y la corteza prefrontal —encargada del juicio crítico— baja la persiana. Esa combinación explica por qué se idealiza al otro y por qué los defectos pasan desapercibidos. Se ve un príncipe o princesa de cuento donde otros notan algo bastante más terrenal.

“El enamoramiento es un sentimiento, mientras que el amor es aceptar la totalidad del otro, se construye todos los días”, planteó Elsa Gómez, psicóloga española. Su lectura es contundente: ese impulso pasional, por intenso que parezca, no alcanza para sostener un vínculo en el largo plazo.

Desde el Instituto de la Pareja, en Murcia, la psicóloga y sexóloga Anna Gil Wittke se suma al diagnóstico. Y Andrea Martínez Abarca, especialista en pedagogía terapéutica, lo resume en pocas palabras: “Una fase de locura transitoria”.

Cuando esa intensidad inicial se diluye, el organismo cambia de banda sonora. Las hormonas oxitocina y vasopresina ganan protagonismo y arman otro escenario: vínculo estable, compromiso emocional, sentido de pertenencia. Recién ahí, según los especialistas, aparece eso que merece llamarse amor.

Los expertos consultados coinciden en una recomendación que rompe con la cultura del enganche express: conviene dejar pasar por lo menos dos años antes de tomar decisiones de fondo dentro de una pareja, como mudarse juntos o casarse. El motivo es práctico. Mientras la dopamina mande, la mirada está nublada.

Gómez sostiene que el amor maduro no se siente: se practica. Implica mostrarse sin filtros, dejar a la vista miedos, inseguridades y contradicciones. Pero también poner reparos. “El amor no implica ausencia de límites ni tolerar cualquier cosa”, advirtió la psicóloga española, marcando distancia con la fusión absoluta que muchas veces se confunde con devoción.

La psicóloga catalana Silvia Congost, viene insistiendo desde hace años con la idea del amor sano: relaciones sin dependencia, con respeto por la individualidad de cada quien. Quedarse en lugares donde uno ya no se reconoce, alertó la española, es el pasaje directo al desgaste.

Hay otro punto incómodo que la ciencia y la clínica subrayan: no existen garantías. Amar supone aceptar la posibilidad de que la cosa termine, evolucione o se transforme. Esa incertidumbre no es una falla del sistema, es parte del paquete.

En un contexto atravesado por aplicaciones, vínculos relámpago y la promesa de gratificación inmediata, la mirada de estos profesionales empuja a frenar un poco. Distinguir el flechazo del afecto construido puede ahorrar más de un disgusto. Y, sobre todo, evitar que la química termine eligiendo por uno.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *