La investigación apunta a Christian Nègre, un exdirectivo del Ministerio de Cultura que habría usado diuréticos para provocar situaciones de humillación y vulnerabilidad en sus víctimas.
Hace una década, Marie-Hélène Brice, una mujer desempleada y madre de dos niños pequeños, consiguió una entrevista de trabajo con Christian Nègre, quien era entonces un alto funcionario en el este de Francia.
Nègre sugirió mantener la conversación al aire libre, dijo Brice. Mientras hablaban y caminaban por la orilla de un río cercano, Brice sintió unas ganas de orinar “tan repentinas, tan punzantes, tan terribles” que no pudo contenerlas, dijo. El dolor, recordó, parecía de parto.
“Incluso después de empaparme literalmente el vestido, seguía sintiendo dolor en la vejiga y necesitaba orinar”, dijo Brice, que ahora tiene 39 años. Volvió a orinar y se refugió contra un muro bajo, desconcertada por lo que había ocurrido.
Dos años después, la policía le dijo que estaba investigando acusaciones de que Nègre, director de recursos humanos, había introducido diuréticos en bebidas que ofreció a más de 100 mujeres con las que se había reunido para entrevistas de trabajo entre 2009 y 2018. Estos productos químicos suelen recetarse para la hipertensión arterial y, como efecto secundario, aumentan la producción de orina.
Laure Beccuau, fiscal que dirige la investigación, no respondió a las solicitudes de comentarios. En una declaración pública realizada en febrero, su oficina dijo que estaba trabajando con múltiples organismos encargados de hacer cumplir la ley para intentar cerrar el caso antes de finales de año. Hasta la fecha, los investigadores han identificado a 248 víctimas potenciales y 180 se han vuelto parte del caso de manera oficial.
La frustración de las denunciantes se amplificó cuando, en octubre, un periódico francés reveló que Nègre había seguido trabajando con otra identidad e impartía clases de recursos humanos en universidades y trabajaba como consultor en otra parte de Francia.
Aunque la causa penal aún no ha llegado a los tribunales, ha empezado a ganar más tracción en el discurso público. En 2019, un periódico francés calificó el caso de “una historia para mearse encima”. El año pasado, por fin pareció tomarse más en serio.
Josso, la legisladora, invitó a unas 40 de las mujeres implicadas en el caso a contar su historia en octubre en el Parlamento francés. Era la primera vez que se escuchaba a alguna de ellas en un entorno institucional, dijo Josso.
Después, algunas demandantes empezaron a conceder entrevistas a destacados medios de comunicación y a hacer publicaciones en las redes sociales. Varias dijeron que se sentían alentadas por el caso Pelicot y los estereotipos que disipó sobre la violencia sexual y la sumisión química.
“Gracias a Gisèle Pelicot”, dijo Jeunot en un video ampliamente compartido en las redes sociales, “ya no me avergüenzo”.