Desde la prisión de máxima seguridad más dura de Estados Unidos, el exlíder del Cartel de Sinaloa envió 13 escritos con reclamos.
Cada día es insoportablemente igual al anterior. La rutina opresiva lo está volviendo loco. Días quietos. Días vacíos. Siempre aislado, sin nada para hacer, sin nadie con quién hablar.
El Chapo Guzmán está detenido hace una década y no parece que vaya a salir nunca. Tampoco hay indicios de que sus condiciones de vida, de encierro, mejoren. Sin embargo él no se resigna. Sigue intentando recuperar su libertad.
Su nueva táctica es escribir. De pronto, el ex líder del Cartel de Sinaloa, el narco más peligroso del mundo, confía en la literatura. En las últimas semanas envió 13 cartas tratando de mejorar su situación.
A su actual casa la llaman La Alcatraz de las Rocosas. La Supermax, ADX Florence en Colorado es la cárcel de máxima seguridad más impenetrable, más inexpugnable del mundo. Lo alojaron ahí porque el Chapo con sus millones, su impunidad y su audacia había convertido el término cárcel de máxima seguridad en un eufemismo. Parecía que era capaz de escaparse de donde quisiera. Eso cambió. Ahora ni siquiera él cree en la posibilidad de una fuga. Es un sueño -el único que tenía- que se le escapó para siempre.
De su antiguo poder no le queda nada. Ni siquiera el nombre. Allí, donde vive, no es ni Chapo, ni Joaquín, ni Guzmán Loera, es el recluso 89914053. Apenas un número.
De manejar el mundo, de sentirse omnipotente y de ser el capo narco más conocido e importante, el más influyente, a pasar 23 horas por día -sin nada que hacer- en una celda de unos pocos metros cuadrados. A disposición tiene una cama de hormigón, un escritorio angosto y un taburete también de hormigón, un inodoro, un lavatorio y una ducha. Y nada más. La única luz natural entra por una ventana muy delgada, un rectángulo de poco más de un metro de largo y apenas 10 centímetros de ancho. Después paredes sólidas que no dejan pasar ningún sonido y varias puertas metálicas.
Su régimen de detención tiene un nombre especial y es aplicado a muy pocos reclusos, casi que se creó a medida de una capo narco inasible y con vocación a la fuga y a continuar manejando sus negocios desde la cárcel. El régimen se llama SAMs (sigla de: Medidas administrativas especiales). Se somete al preso de alta peligrosidad a un aislamiento total (no pueden hablarle los guardias ni siquiera), los encuentros con algún familiar y con sus letrados también están vedados, tienen vigilancia todo el tiempo, el monitoreo es constante. Siempre hay alguna luz prendida, desconocen lo que es la oscuridad. Pasan 23 horas al día en la celda. Y tienen restringido el acceso a la información, no saben nada de lo que sucede en el exterior. No cruzan una palabra con nadie, a veces, durante semanas.
Sólo 50 presidiarios en todo el sistema penal de Estados Unidos padecen el régimen SAMs. Son principalmente condenados por terrorismo, algún capomafia, varios narcotraficantes y unos pocos asesinos seriales. El Chapo es el más célebre de todos.
La posibilidad de que Guzmán salga es nula. Cumple tres condenas simultáneas. Una perpetua por tráfico de drogas, otra de 30 años por uso de armas de fuego contra personas y una de 20 por lavado de dinero. Cuando en abril del año que viene cumpla 70 años no sólo no recibirá regalos ni visitas, sino que la entrada en la nueva década no le otorga ningún beneficio que alivie su situación cotidiana.
Algunas semanas atrás se viralizó un video de cámaras de seguridad de la celda de Ghislaine Maxwell, la ex pareja de Jeffrey Epstein, quien no sufre un régimen tan estricto. Se ve a la mujer en su traje de presidiaria. Acostarse, sentarse, caminar unos pocos pasos, tomarse la cabeza, acostarse, sentarse. Cualquiera que vea ese video (acelerado para que se note que el tiempo no pasa más) entiende que pocas situaciones de vida pueden ser peores que esa.
Una de las pocas cosas que Guzmán tiene permitido hacer, y sólo de vez en cuando, es escribir. Como muchos otros reclusos de la historia, utiliza el tiempo -que le sobra- en enviar cartas. No deja mensajes al futuro, ni recrea su vida, ni hace manifiestos políticos, ni siquiera revuelve el pasado o trata de buscar explicaciones a lo que sucedió como Oscar Wilde. El Chapo denuncia y pide clemencia, reducción de pena, que lo devuelvan a su país, un nuevo juicio, condiciones de vida mejores. Todo aquello que consiga terminar o alivianar su estricto confinamiento actual.
Hasta ahora, en estas últimas semanas, se han conocido 13 cartas del Chapo. En la primera tanda con letra inquieta, insegura, le pedía al juez que se respetaran sus derechos humanos, que su calidad de vida actual está debajo de cualquier estándar razonable. Explicaba -se quejaba- que las condiciones del encarcelamiento violaban todas las garantías previstas por la constitución norteamericana.
No es una nueva situación. Unos años atrás en otra carta dijo que sufría dolores de cabeza, estrés, depresión y pérdida de memoria debido a la dureza extrema del aislamiento. “Pido que por favor remuevan las SAMs antes de que me dé un ataque al corazón o antes de que me vuelva loco, porque en las condiciones en las que estoy actualmente, que son tan crueles e inhumanas, eso es lo que va a pasar”, esa carta de hace cuatro años estaba repleta de errores de ortografía y un manejo gramatical más trabado que el que muestra este torrente postal que Guzmán desató en el último tiempo. Lo que permanece igual es que subrayó varias palabras de cada oración, aunque, si uno lee con atención, el criterio elegido resulta un verdadero misterio. No se entiende si quiere enfatizar algún concepto, si es un recurso absolutamente arbitrario o si está mandando algún mensaje velado.
Una paradoja. El rey de la ilegalidad y de la violencia, de la acción directa sin importar las consecuencias, confía para mejorar su presente, para tener alguna esperanza en el futuro, en el método más civilizado del que disponen las sociedades: la escritura.